Paradójicamente el primer recuerdo de lo que consideraría como Moravia, lo construí desde una de las ventanillas del "grandioso y fantástico" naciente metro de Medellín; desde uno de sus vagones observé como la verde maleza se desvanecía para dar paso al rió marrón decorado con sus tintes oscuros y objetos coloridos de variadas texturas y procedencias. Luego de interpretar un tanto la imagen del rió con sus feos adornos, me percate segundo después que al frente mio se erigía una pequeña montaña de no muy agradable apariencia. En ella se ubicaban cual pesebre unas tristes e improvisadas viviendas, que a mi corto y acostumbrado parecer me resultaron desagradables.
Era mi primer contacto - pese a la distancia- con una imagen semejante; me encontraba terminando grado 4to de primaria y mis recorridos lejos de casa y colegio no eran habituales, así que no fue algo común la visión de tan deplorable presentación. Nunca antes había montado en un tren semejante ni presenciado unas estructuras de esa naturaleza. Al colegio la alcaldía lo había elegido para llevar a algunos de sus alumnos a viajes de prueba y rutas piloto, pero en todo lo que pensé fue en ese peculiar olor que conducía hacia aquella triste montaña. Minutos después confieso mi asombro disminuía, ya que a medida que el tren avanzaba la inquietud menguaba con las risas de los compañeros y las diferentes edificaciones del entorno.
Retorna mi desprecio y sinsabor muchos años luego al retornar a Medellín, sintiendo de nuevo aquel hedor que varios años atrás me guiaban otra vez a la triste imagen montañosa, y observando me preguntaba como era posible que se permitieran condiciones de vida semejante, quizá alcanzaba los 15 años de edad y nuevamente desde aquella ventanilla ya me pensaba de forma pretenciosa una completa reestructuración de todo el lugar, reubicar todas esas familias, todos esos supuestos hogares, toda esa gente en algún otro lado de la cuidad; sin duda alguna, desde una posición marcadamente obtusa, ya que no debía ser tan fácil como lo dimensionaba, debían ser muchas las variables que el tema encerraba; incluso asi me permitía pensar que toda aquella gente merecía un mejor espacio para vivir, admito que siempre, asi fuese desde el metro consideré aquel lugar de poca aceptación, de disgusto, incluso de indignación; como fue posible que se permitiera no solo el hecho de la paupérrima imagen sino de las deplorables condiciones en las que algún niño pudiese criarse. Elaboraba el simple paralelo de situarme en mi rutina tras la ventanilla y poder imaginar a un niño levantarse en dichas calles si así podrían llamarse.
En cada paso frente aquel lugar con tristeza e indignación pensaba lo mismo, hasta que años mas tarde supe por el humo negro visto a lo lejos desde casa de mi Abuela y por los reportes noticiosos, que un supuesto corto circuito había generado Un incendio de amplia envergadura
en aquella montaña conocida ahora para mí como el barrio Moravia. De nuevo
regresando a la ciudad tras otra ausencia, me topo con una montaña diferente,
siguiendo la sesgada información hago la asociación con las políticas locales
que proponían una reubicación y un “mejoramiento” del sector, curiosamente
dicho corto se originó por esos días en que el gobierno metropolitano proponía un
desalojo y reubicación de todas esas familias, 17000 personas según censos desde
1983, si bien aquélla imagen nunca fue
de mi agrado, tampoco lo fue mi conclusión sobre el aparente cambio en aquel
sitio.
Seguían pasando los años, la
indiferencia y la mala memoria de la mano me guiaban en otras direcciones
totalmente opuestas al tema que de niño me inquietaba desde el tren; hasta que
recientemente ingresé a la universidad y por chascarrillos de la vida casi
termino viviendo en aquel barrio, cerca a su centro cultural, lo cual me
ofreció una óptica disímil de todo lo que había elaborado referente al barrio,
pero el asunto de la vivienda allí no fraguó por circunstancias que ahora no es
pertinente mencionar.
Curiosamente algunas lunas más tarde me encontré
caminando junto a algunos compañeros de clase, sobre una suerte de malecón o boulevard
que haría parte del embellecimiento y mejoramiento del lugar, el recorrido se suponía
hacia parte del proyecto que haría ver mejor todo aquel entorno. El recorrido comenzó
desde la portería que da a la vía regional, la cual atravesamos con cautela
dado el flujo vehicular, era de noche y nos adentramos en la maleza y arena
llegando a la orilla oriental del rio Medellín donde el profesor Rommel, nuestro
guía y conductor un paréntesis a manera de introducción donde nos daba la
bienvenida y especificaciones del trayecto. Seguíamos el camino y pensaba que típicamente a la Colombiana, de poco había servido
aquella inversión que no habría sido ínfima a causa del testaferro y la
burocracia – dichos números no fueron exiguos sin duda-. La atmósfera era densa,
de un tinte oscuro, quizá más que la misma noche, debo resaltar que este
espacio fue uno de los que más llamó mi atención, entre la densa vegetación de algunos sectores que incluso impedía
la visión del rio y el tráfico deambulábamos, caminábamos en su suelo saturado
de basura y hollín producto de las fogatas, su suelo en tramos roto y
fracturado acogía en algunos puntos concentraciones de personas que gustaban de
la oscuridad psicoactivos, algunos de
ellos refugiados en precarios cambuches, me atrevo a decir que completamente atraídos
y absorbidos por lo que ese sórdido y lúgubre
corredor ofrecía. Afianzados en la relativa seguridad que el follaje otorgaba y
la peculiar oscuridad que los hacía invisibles a las autoridades y resto de la
ciudad. Algunas voces mencionaban sinnúmero de actividades clandestinas que allí
se producían pero quizá por la hora “tal vez algo temprano” no observe mas que
algunos grupos en sus actividades de consumo y recicle.
No sé qué demonios ocurría allí
realmente en sus horas pico, ni cuales fuesen las dinámicas de autorregulación,
pero incluso había espacio para poder quemar el plástico que protege el cable
de cobre y poder cambiarlo a un buen precio por algunos químicos. Tenía la curiosa
sensación de contemplar el aire y el tiempo más lento y al salir de aquel
callejón, cual túnel cruzamos la vía de regreso para sentarnos a interactuar
sobre dicho episodio y retroalimentarnos con la previa pesquisa que realizamos a
petición de nuestro tutor, no quise participar ya que escuchaba a los
expositores y de alguna extraña forma seguía en aquel túnel, que de esa última parte
estaba custodiada por algunos malandrines que jugaban a las cartas; seguía allí
repasando algunos pasos y se me venían simultáneamente números leídos con
anterioridad sobre la triste montaña. Pensaba una vez más con resignación lo
frustrante y melancólico que sería despertarme sobre una montaña de basura,
dejar mi tierra para bajarme de un bus en un
extraño lugar donde no tendría más alternativa que construir mi futuro
con los desechos de otros.
Por sin número de motivos en
especial de carácter violento -que novedad- los primeros asentamientos allí presentes provenían del oriente
antioqueño, cuentan locales lenguas que fue allí donde se radicaron, porque fue
lo primero que vieron al bajarse del bus en la terminal municipal, vieron oportunidad
de encontrar todo lo necesario sacándolo de la basura.
Cuando nuestro profesor nos
hablo desde la falda de la colina, solo pensaba en que me veía desde el tren en
medio de todas esas pobres estructuras, conviviendo con el hedor y la enfermedad,
en medio de plagas y suciedad; hasta hace unos días atrás estaba completamente desinformado
que aquella gente había levantado sus viviendas sobre el basurero municipal ¡vaya
anécdota! ¿Cómo dimensionar esto? Sólo
en nuestro “país” se da espacio para que singularidades como esta ocurran.
Pensaba que resientes estudios realizados
por la vecina universidad de Antioquia, develaron en esa investigación
acumulaciones de gases altamente tóxicos y lixiviados en concentraciones
venenosas para la vida humana. Así cada vez más se nublaba mi imaginario sobre
la vida allí llevada.
Posteriormente en la visita
al morro avanzamos con el objeto de adentrarnos en el barrio y en el trayecto
observamos que en la periferia de la colina que da hacia el propio barrio aún
se hallan remanentes de viviendas que se niegan a desalojar y desplazarse
independientemente de todo cuanto proceso que allí se ha gestado.Una vez en el intrincado
laberinto de callejuelas que la infraestructura presenta, iba analizando que
Moravia es una ciudad dentro de otra ciudad, posee una distribución y
organización singular, como si se hubiese desarrollado hacia adentro, combina
arquitectura moderna, con vieja y paupérrima, que a su vez trata de adaptarse
al entorno mostrando una amalgama de cartón, madera, hojalata y cemento, de
peculiar y bizarra apariencia, y la arquitectura que a mi parecer es la
regular, la resignada, la de contentillo, como la exhibe la escuela que parece
más una cárcel; todo esto presenciado en un mismo lugar donde termina la cara
norte del morro, lindando con la nueva cancha sintética y el colegio taciturno.
Zigzagueando entre calles y
callejones, detallaba que el sector posee un alma mercantilista o comercial a
subrayar, e toda cuadra existe un negocio que ofrece modios precios, los
callejones poseen canchas propias y recurrentemente se observan pintas o
grafitis alusivos a las luchas resistentes que los lugareños han sostenido
contra las diferentes políticas gubernamentales que buscan desplazarles y
cambiarles a otro sitio diferente a este que se han ganado campeando cuanta
vicisitud se atraviesa en su ideal de conservar el hogar que tanto les ha
costado consolidar y proteger.
Girando unas cuantas
esquinas más, nos encontrábamos con otra cara radicalmente disímil, pero que
también hacia parte del sector, esta
zona del Bosque, otrora guarida de vándalos y sicarios. Hacia el sur por Carabobo,
se sitúan el Jardín Botánico, el Parque Norte, el Planetario, Explora, el
Parque de los Deseos,, La Universidad de Antioquia, que también hacia parte del
basurero, sitios donde termino el recorrido, espacios y estructuras que
contrastas abismalmente con lo observado en el morro, la herradura, el oasis y
demás calles que me permitían pensar en lo desconocido y peculiar que posee
este pequeño y grande al mismo tiempo territorio; toda una estructura social,
con un pasado interesante, no cualquier proceso, en un lugar tan reducido
vivenciarse situaciones de violencia y movilizaciones de tan grueso talante que
deberían seguir siendo estudiadas y nunca olvidadas para
que sirvan de ejemplo a esta ciudad y por qué no, a este crudo e infante
país.
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